Crónicas del abandono nuestro de cada día.
Su mirada estaba totalmente perdida. Su baile frenético al ritmo del rock and roll era seguido por varios jóvenes mientras ponchaban un cigarro para elevarse por los cielos y rolaban entre todos unas bolsas transparentes llenas de cervezas para matar la sed que ocasionaba en encierro en el bodegón convertido en una mala pista de baile.
“El Sapito”, sobrenombre por el cual lo conocían todos, pues nadie sabía realmente cómo se llamaba, partía la pista con sus siete años a cuestas y convertido en la sensación de la banda reunida en la tocada que esa noche se realizaba en la colonia, mientras que su pareja, una jovencita de unos 16 años, sufría para seguirle el paso.
Él sabía que todos lo miraban, que era la sensación, y por eso más se esmeraba en realizar sus mejores pasos; sentía que la música vibraba en su interior, que algo por dentro lo dominaba y le ordenaba los movimientos que debía realizar, siempre siguiendo el ritmo de la rola que el equipo de sonido hacía estallar en sus potentes bocinas.
Extasiado, “El Sapito”, que con trabajos alcanzaba una estatura de 1.40 metros, se movía de un lado para otro, brincaba, se agitaba y constantemente, como parte del ritual, acercaba su mano derecha hacía su nariz para aspirar fuertemente la mona que en ella se guarecía totalmente humedecida con solvente, y que le daba el vigor para no parar.
El pegue era bueno, lo suficiente como para elevarlo y sacarlo de este mundo y llevarlo a otra órbita. Su mira no veía nada, su sonrisa idiota indicaba que estaba alucinando algo divertido, como autómata seguía llevándose a la nariz la mano derecha para inhalar más solvente.
De repente, sin más, deja de lado a la banda, busca el muro más cercano; se recarga, escucha la música que sigue sonando a través de los bafles; poco a poco, como si alguien lo jalara por la cintura, empieza a deslizarse hacia el piso, primero queda en cuchillas, pero no pasa más de medio minuto cuando de plano queda sentado en piso.
Desde ahí sigue pegado a la mona, ya no sólo sonríe, sino que se carcajea y señala a todos aquellos que lo rodean o pasan cerca de él; sólo él sabe lo que ve, mejor dicho cómo los ve; pero nadie lo ve, nadie lo toma en cuenta. Todos siguen metidos en lo suyo, aquellos bailando, aquellos fumando, aquellos tomando y aquellos alejados de la realidad.
La tocada llegó a su fin, cada quien toma su camino, ya sea solo o con la banda que llegó. Las avenidas y calles cercanas se ven llenas de jóvenes con el cabello largo, de mezclilla, con playeras negras, chamarras y tenis, que avanzan rumbo a sus dominios.
Con un fuerte zape en la cabeza, “El Sapito” es regresado brevemente a la realidad, la indicación es precisa: “¡Ya vámonos guey!”. Con trabajo se levanta del piso y mira cómo su banda agarra camino hacia la salida y acelera su paso para no quedarse.
El grupo avanza en medio del desmadre y acabando con la cerveza que aún queda en la bolsa. Atrás de ellos, zigzagueando por la avenida, va “El Sapito”, no suelta la mona, sigue llevándosela a la nariz aunque ya no tiene nada, lo hace por inercia, con la intención de seguir conectado en otra dimensión.
Desea que su padre no haya llegado a casa, como tantas veces lo hace, y que su madre esté totalmente dormida luego de haber bebido todo el día. Lo único que desea es encontrar un poco de comida para matar el hambre que ya le cala el estómago.
Su figura menuda avanza lentamente por la calle; son cerca de las 11 dela noche, a esa hora un niño de siete años ya debe estar en su cama descansando; pero él no es un niño como todos, sus padres no están interesados en él realmente, no les importa que ya tenga varias semanas sin ir a la escuela, aunque siga saliendo de mañana rumbo al colegio.
Con mucho cuidado abre la puerta para entrar a su casa. No hace ruido. No hay luces prendidas, todo está a oscuras. No le importa, conoce a la perfección el camino que lo llevará a su desvencijada cama. Sólo se quita los viejos tenis y se acuesta, de inmediato cierra los ojos con la firme intención de soñar, pero ahora sin ninguna sustancia o bebida.
El cansancio es grande y el sueño llega sin más, eso es bueno porque no tuvo tiempo de pensar en comer, pues si lo hubiera hecho, se habría dirigido a buscar algo y no habría encontrada nada qué llevarse al estómago.
Luego de unos minutos, el sueño es profundo y el rostro de “El Sapito” muestra una tranquilidad y una sonrisa que solo se mantiene mientras duerme, pues en cuanto despierte dos realidades lo golpearán, el hambre y la violencia familiar, mismas que lo orillarán a buscar a la banda, pero sobre todo, la evasión de la realidad con cualquier sustancia que le ofrezcan.
Por Jorge Reyes Ontiveros
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